Vicariato San Alonso de Orozco
Orden de San Agustín
Vicariato San Alonso de Orozco
Carta Pastoral 2026
El 28 de agosto del 430, en Hipona, cierra sus ojos uno de los personajes más influyentes de su época: un cristiano conocido por ser un buscador incansable que no se conformó con la respuesta que el mundo le daba, porque, como él mismo lo expresa: "Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti".
Luego de 75 años de vida, el obispo de Hipona va al encuentro de Aquel a quien tanto buscó y amó. Si bien sus ojos se cerraron, su vida sigue latiendo en muchos corazones. Es así que, en marzo de 1244, un grupo de ermitaños se une para mantener vivo no solo un legado o una doctrina, sino una llama: un estilo de vida que arde en muchos corazones y que busca a Dios tras los pasos de San Agustín. "Y si bien Agustín no fundó la Orden, esta surge del mismo corazón de Agustín".
El lema pastoral nos invita a renovar nuestro compromiso a través de tres pilares fundamentales que marcan nuestro caminar:
El 9 de abril de 1256 se produce lo que en la Orden conocemos como la "Gran Unión", donde diferentes grupos de ermitaños que vivían bajo la Regla de San Agustín se unen para servir a la Iglesia como Orden Mendicante, bajo la aprobación del papa Alejandro IV.
Son más de setecientos años de historia transcurrida; una historia que se fue forjando a partir de testimonios, entregas y muchos sacrificios. En estos siete siglos, los agustinos se expandieron por el mundo, llevando la Buena Noticia a cada rincón del planeta. Llegaron a Argentina por primera vez a tierras cuyanas, fundando conventos en San Juan en 1617 y en Mendoza en 1657. Lastimosamente, en 1837, el Poder Ejecutivo de Mendoza promulgó la expropiación de capitales, templos, haciendas y viñas a las ordenes religiosas, dejando vacíos nuestros conventos.
Comenzando el siglo XX surgen nuevos albores. La Provincia de España, Santísimo Nombre de Jesús de Filipinas envió al P. Joaquín Fernández Palicio como promotor para la apertura de una comunidad en Argentina. El 12 de mayo de 1900 desembarcó en Buenos Aires y comenzó a tocar las puertas de las autoridades eclesiásticas.
La primera comunidad fue aprobada en España el 13 de octubre de 1900, siendo destinados los padres Joaquín Fernández (superior), Wenceslao Romero, Miguel González y el fray Jesús Fernández. Se establecieron en la capital argentina en abril de 1901, teniendo como encargo las capellanías de San Vicente de Paúl y el asilo de las Hermanas del Buen Pastor. Así, después de 64 años, la Orden de San Agustín retornó a Argentina desde la Expropiación, dando continuidad a la presencia, espiritualidad y tradición agustiniana.
En este 2026, la Orden celebra 125 años de aquel retorno a tierras argentinas, marcando una continuidad pero, al mismo tiempo, una nueva presencia; una presencia que porta la tradición agustiniana, pero también nuevos sueños y esperanzas. Por tanto, para celebrar estos 125 años, hemos elegido el siguiente lema pastoral:
“Volver al corazón para caminar juntos hacia Dios”
Empezamos con el verbo volver, que significa retornar a un lugar o estado. Para los agustinos, volver al corazón es un pilar de nuestra espiritualidad, como dice el mismo Agustín "¡Vuelvan al corazón! ¿Por qué se alejan de ustedes mismos y se pierden por su propia cuenta? ¿Por qué andan por caminos solitarios?".
El corazón es el centro de la persona; en él radica la memoria, los afectos y la inteligencia: todo el hombre se encuentra allí. Entonces, volver al corazón es reconectar con el centro de nuestra vida, con lo vital de nuestro ser. Volver al centro es encontrarnos con nuestra verdad, la cual nos abre a la Verdad que es Dios mismo.
La interioridad no queda confinada en el "yo" —no es egocentrismo—, sino que nos lleva a la trascendencia. La trascendencia nos permite hundir nuestras vidas en las raíces del amor y la amistad, pues Dios es amor y en nuestra interioridad nos encontramos con Él, que es la fuente del amor. La experiencia de su amor nos ayuda a vincularnos con el prójimo desde la amistad sincera.
Pero también puede significar para nosotros, como Orden, reconectar con ese impulso misionero de los agustinos que vinieron a la Argentina; conectar con los sueños y esperanzas de aquellos que pusieron los cimientos en estos suelos.
Así, volver al corazón como Vicariato no es encerrarse, sino abrirse: volver a conectarnos como hermanos y con nuestros orígenes. No se trata de quedarnos atrapados en nuestra historia, sino de vincularnos con el primer anhelo, la ilusión y el impulso para continuar el proyecto iniciado por nuestros antecesores.
En sus comentarios a los Salmos, nuestro padre hace un comentario interesante sobre la iglesia: "No somos nosotros solos los que cantamos, sino que con nosotros cantan los que fueron antes que nosotros y los que vendrán después de nosotros hasta el fin del mundo". Pues el caminar juntos no lo hacemos solamente los que estamos hoy, sino también aquellos que nos precedieron y pusieron los cimientos, y aquellos que heredarán la misión y continuarán la construcción.
Por tanto, no caminamos solos. Nuestra voz hoy se une a la de aquellos hermanos que en 1617 llegaron a tierras cuyanas y de aquellos que en 1901 desembarcaron en Buenos Aires. Al conectar con su memoria, no miramos hacia atrás con nostalgia, sino que tomamos impulso para mirar el futuro. Porque ser Iglesia es precisamente eso: un solo corazón que late en diferentes tiempos, pero que camina hacia un mismo destino.